Llegó un día en que decidí por intentar definir todo aquello que jamás he sabido exteriorizar sobre una persona muy allegada para mi, pero creo que jamás podré expresar con exactitud lo que realmente siento por ella. Es muy triste querer demostrar y no saber por mucho que se intente. Algunos seres somos así por fuera, pero no por dentro.
Es cuando mellega a mi cabeza que el interés que tuve por ser elegante, pulcro, ensimismado, hermético y educado, ahora es un auténtico recuerdo emblemático que hace expresarme, sin cohibición alguna, mediante el computo teclado de mi cuarto.
Reconozco que tuve y tengo mal carácter, pero soy consciente de que soy un tímido que escondo mi ternura bajo un aparente, frío y mudo distanciamiento. Una persona aparentemente relegada para los demás; muy afable, frágil y revestido de orgullo y cólera para defenderme de los otros, que siempre fueron considerados como mis “opuestos” a mi forma de pensar, al menos así lo rumiaba.
En ocasiones sufrí sentirme idealmente apartado en muchos aspectos, aún habiendo adquirido el íntimo y absoluto convencimiento de mi apreciación hacía los demás.
Pretendí ser arbitrario en muchísimas reflexiones. También quise ser fuerte durante muchísimos minutos y mucho más durante los siguientes, pero sin superación alguna. <<Sollozar es de niñas>>, decían mis padres... Pues escojo ser una chiquilla.
Perennemente amé la belleza, la adolescencia y hoy percibo que todo muere fulminado por este incesante tiempo que corre sin piedad y nos lleva hasta el final de nuestros días. Cuando este corazón no puede tolerar más esta desolación y soledad que eternamente me han cercado.
Perennemente he tenido tan alto la concepción de la humanidad, que intento saber estar por encima de la propia aportación y de cualquier falso agradecimiento de una persona supuestamente afín para mi.
Tonto no soy, tampoco lo fui. Ni creo que lo seré.
Fui y soy un ingenuo pueblerino, muy distinto, pero aún así intenso.
Y pocos, muy pocos, han sido y son capaces de interpretar el alma demi pueblo. Su tristeza, su orgullo, la melancolía y su sentido estoico de la presencia en este divino lugar.
Deseo celebrar todo este tiempo y muchos otros tiempos, de los que soy y he sido consciente, donde se detestan y se apuntan a las efemérides escandalosas, a lo que habrá hecho removerse en esta “tumba”, en un lejano, abandonado y desmontado camposanto, lo que llamábamos como “antiguo cementerio” en la calle José Sánchez Rubio, junto a lo que ahora es un restaurante y un parque donde emerge en pié y de forma vertical una lapida de granito con un cincelado nombre que dice <<Juana Rubio>>.
Un día pregunté a una octogenaria persona oriunda del pueblo, de los que pocos que quedan, qué dónde había vivido los últimos años José Sánchez Rubio, si, el de la calle que fue más corta del pueblo y hoy es puro tránsito y bullicio.
El llano y cordial hombre, con ojos claros y húmedos por el sollozo eterno de la nostalgia, con esa acartonada piel curtida por los épocas y estaciones transcurridas en el terminable tiempo, señalándome con un dedo torcido, permitidamente por la conjeturada artrosis, hacia aquel lugar donde hubo una casa en la que vivió y que hoy son bloques de ladrillos ensalzando tres alturas; comentándome que era una familia muy fiel y amiga de este, miPueblo, a la que se acogió con dulzura en su ambiente cotidiano.
Observé aquella sala de proyecciones de la Parroquia, que aún sigue, y miré por una rotura de sus ventanas y allí estaba aquel pabellón donde estuve viendo aquellas películas históricas de España, precedidas por su NO-DO y experimenté una intensa emoción de habitar en aquellos momentos.
Tras la atmósfera de olvido y desarraigo que había rodeado en mis tiempos durante años de “exilio” de este divino Pueblo en mi terrible soledad.
Aunque como humano y torresano, siempre me he sentdo exiliado de este mundo, el exilio de la propia Tierra me efectúa el destierro como a pocos y acrecienta la soledad, igual que una daga de plata sobre mi corazón.
Otro día, andando por “la carretera muerta” me dirigí al “nuevo cementerio” y busqué un nicho cercano al de muchos conocidos, la del primo que perdí el mismo día de mi compromiso de bandera en filas, al que más quise en mi inexperta mocedad, al mayor, al que tanto elogiaba y glorificaba, al perfecto envidiado por muchos, para mi fue como un Dios; el primo mayor que me atendía, el que me hacia caso…. Aún sin saber si realmente me comprendía.
Durante un buen rato permanecí ante su nicho, en silencio. Un modesto nicho con un frontal de mármol donde solo figuran los nombres de mi “Dios” con dos apellidos y dos fechas ( el Alfa y el Omega de su estancia en esta Tierra). Una sola flor seca y marchita, alguna palabra olvidada, ni siquiera las tristes violetas de un poema.
Solamente el infinito abandono y el silencio de la soledad que acompaña a los difuntos para toda la eternidad.
Conocida y distinguida soledad ilustre que se me hace más intensa.
Sentí la impotencia de que mi “Dios” ya no pudiera oír la voz del pequeño primo que le siguió, igual que un alumno sigue al maestro que lleva la sagrada antorcha de la verdad, la auténtica verdad.
Siento y he sentido, y sentiré de manera enorme no poder escuchar aquí en la Tierra a este, mi “Dios”, el verso de mi amigo de Luís Cernuda:
<<...tu voz responderá contra las olas,/ Yo me quedo contigo a solas… >>.
Evoco con esta facundia de palabras, que en estos años de mi vida me dejo caer sobre el computo teclado y sobre la enigmática remembranza de aquel primo, de este linaje y de este pueblo, que serán un infinito recuerdo en mi memoria.
Todos aquellos que para nada conciban ni alcancen el significado de este mensaje es... porque jamás sabrán sentirlo...