A Contracorriente...
Son las diez de la noche y las risas quieren borrar de un plumazo los sinsabores de la dichosa semana, de largas vidas maltrechas. Tal vez haya mucho que olvidar. Trabajos mal pagados, jefes histéricos o déspotas, amores frustrados, fracasos de toda clase, pérdidas de seres queridos, sueños que jamás veremos cumplir.... La ciudad esconde en viernes noche cuando no podemos acallar en el silencio de nuestros días en sorprendente competición nocturna con el deambular de las estrellas en noches oscuras de nueva luna. A contracorriente. Los vecinos de mesa me miran sorprendidos y curiosos. ¿Qué “pinta” un señor solo escribiendo a esta horas del viernes en una céntrica cervecería de Madrid?, ¿Será capaz de estar trabajando?.... A contracorriente. Me he quedado sin punta en el lápiz y no tengo sacapuntas. Las letras me salen dobles o gordísimas, ya no sé como inclinar este lápiz. He dudado durante unos instantes. Mis amigos aún tardarán un poco en aparecer. Vienen de sus casas, de acicalarse, yo no he podido porque no vivo en la ciudad de Madrid y tener que ir a treinta kilómetros de aquí para cambiarme esta corbata y esta chaqueta que huele a despacho y tabaco del día no me merece, además, a partir de ahora se le suman los aromas de cigarrillos rubios y negros, morcilla, tortilla y chorizo.... Ha pasado una camarera por delante de mí mesa. Con amabilidad le he pedido algo para escribir. Ha sonreído y me ha prestado su bolígrafo, el de tomar nota de las consumiciones. Ha estado a punto de preguntarme algo, pero la natural prudencia frente a un cliente desconocido y que ya ha estado consumiendo una caña le ha dejado la pregunta en los labios. Yo no he querido explicarle que escribir relaja, distrae, es fuente de placer y puede ser muy útil. Tal vez no para quien lo lea, pero sí para quien lo escribe. Al fin y al cabo, escribir es como mi segundo trabajo, o un trabajo como otro cualquiera. No es cierto que los que escriben, aún siendo desconocidos seamos distintos de los camareros, oficinistas o actores, abogados o barrenderos, médicos o albañiles. A contracorriente. Como mi amigo Rogelio, el ser con mayor humor y mirada inteligente y sin ningún tipo de vergüenza ni complejo del ridículo. Todavía no ha leído ninguna de mis memorias, tampoco se las he ofrecido. Pero lo más probable es que si las leyera, pasarían cuatro cosas; se reiría o divertiría en algunas, se emocionaría en otras, podría pensar que no ando en mis cabales, o verá la vida a manos llenas y podría aprender que es posible vivir a contracorriente. Tal vez sea la única manera coherente de enfrentarse a la existencia. Sin mimetismos ni complejos, por querer ser como los demás. Ciertamente, debo causar perplejidad a estas horas del viernes. Solo, ¡¡Qué tristeza!!, pensarán algunos de los que me miran. No saben que siento la vida a cada instante y que en estos momentos saboreo mis ratos de soledad como antes los temía. A contracorriente. Aún a riesgo de parecer inoportuno, incómodo o sorprendente. En mi cara se dibuja una expresión de misterio, sin que nadie quiera hacerse cómplice de mi sonrisa. A contracorriente, cuando no hay más luces que las de las estrellas en un cielo cubierto por las nubes.