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La Coctelera

Gallocluecoconwebos & Cía.

La vida en vano o saber disfrutarla...

4 Febrero 2008

A Contracorriente...

Debo sorprender escribiendo en una ruidosa cervecería madrileña en la fiebre del viernes noche. Armado de papel y lápiz, observo el ir y venir incansable de los camareros entre cervezas y vinos de toda clase, raciones de morcilla y tortilla de patata, jamón y chorizo ibérico... Todas las mesas está ocupadas. Abundan los treinta y cuarenta años. La ciudad se divierte, como queriendo olvidar aquello que nos duele, celebrando el fin de la semana, aquello que lucha en la conciencia por derramarse sobre la mesa como consumición no solicitada.

Son las diez de la noche y las risas quieren borrar de un plumazo los sinsabores de la dichosa semana, de largas vidas maltrechas.

Tal vez haya mucho que olvidar. Trabajos mal pagados, jefes histéricos o déspotas, amores frustrados, fracasos de toda clase, pérdidas de seres queridos, sueños que jamás veremos cumplir.... La ciudad esconde en viernes noche cuando no podemos acallar en el silencio de nuestros días en sorprendente competición nocturna con el deambular de las estrellas en noches oscuras de nueva luna.

A contracorriente. Los vecinos de mesa me miran sorprendidos y curiosos. ¿Qué “pinta” un señor solo escribiendo a esta horas del viernes en una céntrica cervecería de Madrid?, ¿Será capaz de estar trabajando?....

A contracorriente. Me he quedado sin punta en el lápiz y no tengo sacapuntas.

Las letras me salen dobles o gordísimas, ya no sé como inclinar este lápiz. He dudado durante unos instantes. Mis amigos aún tardarán un poco en aparecer. Vienen de sus casas, de acicalarse, yo no he podido porque no vivo en la ciudad de Madrid y tener que ir a treinta kilómetros de aquí para cambiarme esta corbata y esta chaqueta que huele a despacho y tabaco del día no me merece, además, a partir de ahora se le suman los aromas de cigarrillos rubios y negros, morcilla, tortilla y chorizo....

Ha pasado una camarera por delante de mí mesa. Con amabilidad le he pedido algo para escribir. Ha sonreído y me ha prestado su bolígrafo, el de tomar nota de las consumiciones. Ha estado a punto de preguntarme algo, pero la natural prudencia frente a un cliente desconocido y que ya ha estado consumiendo una caña le ha dejado la pregunta en los labios. Yo no he querido explicarle que escribir relaja, distrae, es fuente de placer y puede ser muy útil.

Tal vez no para quien lo lea, pero sí para quien lo escribe. Al fin y al cabo, escribir es como mi segundo trabajo, o un trabajo como otro cualquiera. No es cierto que los que escriben, aún siendo desconocidos seamos distintos de los camareros, oficinistas o actores, abogados o barrenderos, médicos o albañiles.

A contracorriente. Como mi amigo Rogelio, el ser con mayor humor y mirada inteligente y sin ningún tipo de vergüenza ni complejo del ridículo. Todavía no ha leído ninguna de mis memorias, tampoco se las he ofrecido. Pero lo más probable es que si las leyera, pasarían cuatro cosas; se reiría o divertiría en algunas, se emocionaría en otras, podría pensar que no ando en mis cabales, o verá la vida a manos llenas y podría aprender que es posible vivir a contracorriente. Tal vez sea la única manera coherente de enfrentarse a la existencia. Sin mimetismos ni complejos, por querer ser como los demás.

Ciertamente, debo causar perplejidad a estas horas del viernes. Solo, ¡¡Qué tristeza!!, pensarán algunos de los que me miran. No saben que siento la vida a cada instante y que en estos momentos saboreo mis ratos de soledad como antes los temía. A contracorriente. Aún a riesgo de parecer inoportuno, incómodo o sorprendente. En mi cara se dibuja una expresión de misterio, sin que nadie quiera hacerse cómplice de mi sonrisa. A contracorriente, cuando no hay más luces que las de las estrellas en un cielo cubierto por las nubes.


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Etapas de nuestra estancia aquí: Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como se quiera llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van quedando obsoletos y se han de ir clausurando. ¿Te quedaste sin trabajo? ¿Se acabó la relación? ¿Ya no vives más en esa casa? ¿Debes irte de viaje? ¿La amistad se acabó…? Puedes pasarte mucho tiempo del presente "revolcándote" en los porqués, en devolver el CD, el libro o la herramienta que te dejaron y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito porque en la vida, tú, yo, un amigo, tus hijos, tus hermanos, todos estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y, por gracia o desgracia…, seguir adelante. No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, sucedió y hay que desengancharse, hay que desprenderse. No debemos ser chiquillos eternos, aunque queramos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere ser afín a nosotros. No. ¡¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir!! Por eso a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar obsequios, cambiar de casa, papeles por romper, documentos por tirar, libros por regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida no se debe jugar con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente. El pasado ya pasó. No esperes que te devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres. Suelta el resentimiento, el encender "tu ordenador personal" para darle y darle al asunto, lo único que consigues es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo. La vida está para el más allá, nunca para el pasado. Porque si se anda por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca se podrá desprender ni vivir lo de hoy se pueda estar viviendo con satisfacción. Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de "regresar" (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que nos invaden. ¡¡Si puede enfrentarlos ya y ahora, hazlo!!, si no, déjalo ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelve. Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque tu ya no encajas allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese trabajo. Ya no eres el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a que volver. Cierra la puerta, pase la hoja, cierra ese círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regreses será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo desprender lo que ya no está en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, nada es vital para vivir porque: cuando uno vino a este mundo 'llegó' sin ese adhesivo, por lo tanto es "costumbre" vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir. Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr porque, repito, nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero.... cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacude, suelta. Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que se escoja, ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. Desconozco su autor ni quien me lo dijo, pero… posiblemente esté bajo mi cresta... ¡¡Así es la vida…!!

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