Hoy me he levantado en mi camastro, o sea el de mi habitación, a pesar de los habituales gases matutinos y el tradicional rascado a dos auxilios manuales por el picazón prostático, inguinal y anal mientras iba en dirección a la cocina a prepararme el desayuno como un despeinado 'zombi', me encontré al lado de la prensa el escrito anterior sobre mis desquiciadas patologías esquizofrénicas y, mientras se calentaba el café y la leche, me dispuse a leer las ideologías abducidas por las siniestras elucubraciones mentales expuestas mientras pedorreaba de forma natural ycon seguidillas a ritmo neoafricano y a la par que la cafetera.

Observo que saqué el asunto de los agujeros negros de las galaxias, pero, cualquiera que tenga uso de razón dentro de lo considerado como “normal”, caso que no es el mío, podría imaginarse que hablo de agujeros negros distantísimos y no son tan lejanos aquellos que he apuntado; aunque tampoco tan colindantes como el del sumidero anal.

Yo me refiero a los agujeros intermedios entre el núcleo y la corteza de nuestro globo terráqueo, que es en definitiva donde el universo se da la vuelta como un calcetín, jugando al escondite consigo mismo y vacilando a los astrónomos, a los topógrafos y a todos los que nos gusta observar la luna y las estrellas en noches despejadas sin alcohol y con lucidez mirando boca abajo en nuestra almohada.

Esos agujeros están bajo nosotros como galerías subterráneas realizados por repulsivas ratas rabiosas, un suelo repleto de orificios donde pisamos los humanos.

Dice el dicho: “De la tierra al cielo y un agujerito para verlo”. Pues ese agujerito está entre las alcantarillas de los osarios de tumbas comunes de almas sin nombre. La leyenda de este dicho asegura que en algunas lomas o cerros de los extrarradios de las ciudades y pueblos, se podían ver las ánimas de los fallecidos subiendo al firmamento.

Ahora, desde que me levanto de mi cama, soy consciente de que creo que piso en la solidez de una fría baldosa a sabiendas de que puedo caer e irme abajo, hacia los dominios de esos rateros inmundos o a los terrenos del maléfico magma, residuo de la escoria, amos y señores de la penumbra y la negra tenebrosidad. En cualquier lugar puede aparecer el periscopio de estos carroñeros apestados de arrebatada rabia en espera de intentar acoger indistintamente a cualquier desorientado. Son como una máquina tuneladora en forma de submarino buscando donde lanzar torpedos que hundan el paso de la infantería humana.

Andar demasiado facilita el viaje a esta ciudad lóbrega y tétrica del subsuelo. El pavimento tiene menos estabilidad que un tronco flotando sobre el agua.

Un día, casi caí en uno de estos agujeros y terminé con un bulto sospechoso ingresado en un hotel especial sin reservas, donde las habitaciones no tienen muebles, están mullidas por las paredes y los suelos e insonorizadas, además te obsequian atándote con una calurosa e incómoda bata sin brazos. Para luego terminar reciclado como una loseta de esas nuevas, las cuales a los dos días de instalarse están más rajadas que un ladrillo mesopotámico de antes de Cristo, hecho trizas por una bomba actual.

A la chita callando y sin un Tarzán que me ayude para salvarme, la jungla del pavimento reúne condiciones para ser catalogada de arma de destrucción masiva. A la masa ciudadana le va poniendo zancadillas, sin que exista un árbitro que pite penaltis y expulse a su desidia.

Yo siempre estoy preocupado por estos agujeros negros, ando muy ocupado andando de pies puntillas mientras planifico mis proyectos contra estos orificios letales, entre tanto voy calafateando los baches y socavones con los que me encuentro.

Todo esto cambiaría si los humanos tapáramos estos agujeros, siempre que veamos uno hay que taparlo y no esperar a caer o meter un pie, como sucede, habitualmente a muchos transeúntes de la humanidad.

Pero esos agujeros hay quien se dedica a agrietarlos, aunque los tapásemos y los que los abren sigan ahí, seguiremos metiendo la pata por muchas otras cuestiones hasta que un día caigan ellos mismos, entonces ese hueco que atente contra sus verticalidades ilustres, seguramente obligarían mandar tapar.